1
Feb
2019

Laboratoria: la turbulenta historia de crear y hacer crecer un emprendimiento social en América Latina

Mariana Costa, emprendedora peruana y Co Fundadora y Directora Ejecutiva de Laboratoria, nos cuenta su historia para crear esta organización que está transformando la vida de cientos de mujeres en América Latina a través de la Tecnología…

El retorno inminente a las raíces

Verano de 2013. Me gradué de una maestría en la Universidad de Columbia en Nueva York. Estudié Administración Pública y Desarrollo, viajé a Kenia tres meses, aprendí que los mosquitos son el animal que más personas mata, y entendí por qué las instituciones de los países en desarrollo son especialistas en fallar una y otra vez a sus ciudadanos. Hice amigos de todo el mundo y el día de mi graduación caminé a recoger mi diploma con el pecho inflado y plena seguridad de que, con mi trabajo, ayudaría a hacer del mundo un lugar mejor.

Tenía claro que cambiar el mundo desde el Upper West Side era una utopía que no quería repetir (ya lo había intentado por algunos años desde cerca a la Casa Blanca en Washington D.C). Después de casi una década viviendo fuera de mi país y a pesar de todos mis miedos, ésta parecía ser mi mejor oportunidad de regresar y tratar de hacer algo por el lugar que me vio nacer y crecer: Lima, Perú. Volver fue un pensamiento que me acompañó año a año desde los 18, cuando me fui para estudiar fuera. ¿Cómo será regresar? ¿Trabajaré en el gobierno? De repente me voy a la sierra, siempre he querido hacer algo fuera de Lima.

Herman, el programador y bajista ecuatoriano que conocí en Washington y que ahora es mi compañero de vida, no estaba de todo convencido. “¿Irnos de aquí?” Me dijo un día con el miedo saliendo por cada poro de su piel. ¿Pero qué haría yo en Lima? Herman tenía años trabajando como desarrollador web en distintas campañas sociales en Estados Unidos. Había desarrollado tecnología para movimientos a favor de incrementar la ayuda humanitaria en África, y de aprobar el matrimonio homosexual en Estados-Unidos. Realmente yo tampoco tenía mucha idea de qué podría hacer él en Lima. En una de nuestras largas conversaciones en aquellos meses antes de volver, un día apareció con una propuesta: ¿y si ponemos algo nuestro? Podríamos empezar a hacer proyectos de tecnología con impacto social. “¿Tecnología con impacto social?” pensé. “Suena bastante bien”, le dije. “Tu sabes algo de tecnología, y yo algo de impacto.”

Los días siguientes al nacimiento de esta posibilidad, yo estaba feliz pensando que había convencido a Herman de mudarse a Lima conmigo, pero también bastante asustada de pensar que seríamos emprendedores. Nunca pensé serlo. Yo la verdad me sentía mejor con la idea de tener un impacto trabajando desde la elegante comodidad del Banco Mundial en Lima o algo por el estilo. Antes de que yo misma abortase el plan, apareció por una de esas suertes únicas en la vida, Rodulfo, un venezolano triatleta amigo mío de la maestría que un día me buscó porque se mudaría a Lima – su esposa, Ana María, trabajaba en P&G y la mandaban de Directora de Marketing a mi país. Comencé ayudándolo a buscar trabajo, hasta que un día pensamos con Herman que él era el socio que nos hacía falta para lanzarnos a la piscina (cuando no sabes nadar, siempre da menos miedo lanzarse en grupo). “Rodulfo, ¿y si te unes a Ayu con nosotros?”. Así le habíamos puesto a nuestro pequeño laboratorio digital. Ahora siempre lo molestamos diciendo que dudó más de la cuenta, pero la verdad es que al cabo de unos días nos confirmó que quería ser parte, y se convertiría en el socio más leal que hubiésemos podido soñar para comenzar la aventura de emprender en América Latina.

Aterrizando en Lima

El 1 de septiembre de 2013, llegamos los tres a Lima. Yo, en algún momento de sanidad breve, recordé que de algo teníamos que vivir y conseguí un trabajo en una ONG estadounidense que tenía sede en Lima. Era flexible y me permitiría involucrarme en Ayu mientras Herman y Rodulfo le dedicaban toda su energía. Pensar en esos primeros meses hoy, me causa una mezcla de nostalgia y ternura. Realmente no sabíamos nada de emprender. Pasamos semanas dándole vueltas a diferentes ideas: una red social para compartir y debatir noticias, como si fuese fácil competir con Facebook y Twitter; o una plataforma para evaluar empleadores, como si tuviésemos fondos para sostenerla hasta que generase tracción. Rápidamente nos dimos cuenta de que no teníamos de qué vivir, y que, o desciframos una manera de tener algo de ingresos o este sueño se acabaría antes de empezar.

Fue ahí que convencimos a una primera compañía de contratar nuestros servicios para desarrollar la plataforma de su universidad corporativa. Luego, mi familia nos ayudó a tocar algunas puertas y convencimos a un hotel y una compañía de seguros de hacer sus websites con nosotros. Así, casi sin quererlo, nos convertimos en una agencia de desarrollo web en Lima.

Ayu: Laboratorio de experimentación

En Ayu aprendimos a vender sin miedo cosas de las que poco sabíamos, a sobrevivir las angustias de tener plata solo hasta fin de mes en la cuenta, y a enfrentar los miles de retos de construir un equipo. Esto último nos costó más de la cuenta. Necesitábamos, sobretodo, developers. Teníamos poca plata para ofrecer, y ningún nombre para darnos credibilidad. Salimos a buscar en las redes sociales, en las universidades y en las comunidades de software. Rápidamente nos dimos cuenta de la enorme demanda que había por este talento y lo difícil que era encontrarlo. Poco a poco, fuimos armando nuestro primer equipo de desarrollo que, para mi sorpresa, fue realmente diverso en términos de su contexto académico: dos practicantes de San Marcos, un amigo mexicano que conocí en un mercado y había aprendido todo lo que sabía por su propia cuenta, y otro que decía que nada lo que sabía venía de su universidad. El equipo de developers fue creciendo y tenían en común su contexto académico heterogéneo, y por supuesto, su sexo. Todos eran chicos: en Ayu, y en todas las otras empresas que conocí haciendo tecnología en ese momento.

El nacimiento de Laboratoria

Un día leyendo en Internet conocí el modelo de los bootcamps en EEUU: una nueva forma intensiva de capacitar a developers en tres meses para cubrir la inmensa demanda por talento. Otro, conocí la historia de Black Girls Code, una organización que enseña programación a niñas de color en Estados Unidos. En Lima, descubrí que existía una nueva especie: los emprendedores sociales. Jóvenes como Vania, Juan Diego e Irene que estaban construyendo modelos de transformación social mediante la danza, la intervención comunitaria y el reciclaje. Fue así como, sin pensarlo demasiado, me di cuenta de que teníamos la mejor idea del mundo entre manos: podríamos construir un emprendimiento social que formase a jóvenes como developers, para suplir esa enorme demanda, que se enfocase específicamente en mujeres, ya que había tanta necesidad de traer diversidad de género al sector, y que aprovecharemos la flexibilidad del mercado para formar a mujeres que aún no habían podido comenzar una carrera profesional con la que estuviesen satisfechas.

Sin poder dormir pensando en otra cosa que cómo darle vida a esta idea, decidí renunciar a mi trabajo y saltar del todo con Rodulfo y Herman a la piscina. Mi querida Lilita, mi abuela, me prestó (y luego nunca me cobró así que en realidad me regaló) el dinero para pagar mi renta seis meses, hasta que pudiésemos tener un ingreso que nos permitiese vivir. Felizmente, algo habíamos aprendido en nuestros fracasos anteriores y estábamos mejor preparados para comenzar otra vez, ahora siendo mucho más lean. Logramos que nos prestaran un salón de clases en el coworking donde trabajábamos, conseguimos laptops donadas, y convencimos a un grupo de 15 jóvenes a las que llegamos mediante instituciones amigas de apuntarse al programa. Así, en cuestión de pocas semanas, comenzamos nuestra primera clase de desarrollo web. Sin darnos cuenta, pusimos la primera piedra de lo que sería un movimiento latinoamericano de mujeres en tecnología.

El crecimiento

Ese primer piloto fue una experiencia que cambió mi vida. Me enamoré de la programación y su poder transformador. Ver a nuestras estudiantes escribir código y llenarse de orgullo al mostrar sus productos me convenció que teníamos entre manos algo que realmente podía cambiar el mundo. Muchísimas cosas salieron mal en ese producto viable mínimo, de hecho, solo tres egresadas salieron a conseguir trabajo formal como developers tras el programa (muchas eran menores de 18 todavía). Sin embargo, aprendí más de lo que jamás hubiese pensado era posible en cuatro meses. Nos dimos cuenta de que Laboratoria no era para todo el mundo: debíamos encontrar a mujeres con ganas de salir adelante más grandes que ellas mismas, dispuestas a perseverar por construir una carrera en tecnología. Debíamos innovar en cómo facilitar su aprendizaje, logrando que el tiempo en Laboratoria se pareciera de manera cercana a lo que harían una vez en el trabajo. Empezamos a conocer mejor el mercado, a entender las necesidades de las empresas, y convertirnos en su principal fuente de talento tech.

Con cada bootcamp fuimos mejorando cada parte de nuestro proceso. Nació nuestro salón de clases ágil, nuestras míticas Hackathones de empleabilidad, fuimos creciendo nuestro equipo y dándole forma a la cultura de trabajo que soñábamos. Rápidamente supimos que las cosas no serían fáciles. Estábamos creando una nueva forma de aprender, intensa para nuestras estudiantes y equipo, donde todos dejábamos todo en la cancha. Estábamos impulsando a empresas a apostar por una fuente de talento distinta a su norma. A la vez, tratábamos de levantar el financiamiento para subsistir mientras pensábamos en cómo generar un modelo de negocios que nos pudiese llevar a la sostenibilidad sin perjudicar nuestro impacto. Ana María, la esposa por la que Rodulfo se mudó a Lima, se unió a liderar nuestras operaciones. Tomamos la difícil, pero sana, decisión de cerrar Ayu. Manejar dos empresas iba a acabar con nosotros y pensamos que agencias había miles, en cambio éramos los únicos haciendo algo como Laboratoria.

En medio de este ritmo agitado, dos de mis mejores amigas de la maestría, Gabi y Marisol, que estaban en México y Chile respectivamente, vinieron a visitarnos a Lima y como yo con el piloto, se enamoraron. Siendo de mi entera confianza, decidimos tomar el riesgo de probar suerte en Santiago de Chile y la Ciudad de México. Mirando en retrospectiva, es probablemente de las decisiones más irresponsables que he tomado, pero cuando uno no ha escalado un negocio aún, tiene la inocencia de no saber lo difícil que será. Llevar Laboratoria a nuevos mercados cuando todavía nos quedaba tanto por determinar no fue fácil y creo que casi nos mata. Sin embargo, terminó haciendo a nuestro modelo e institución mucho más fuerte. Lo fuimos mejorando con la experiencia en cada sede, probando cosas distintas y multiplicando la velocidad en la que aprendemos. Hoy creo que, a pesar de todos los retos, crecimos en el momento adecuado y eso ha sido parte fundamental de traernos hasta aquí.

El hoy y el mañana

En los últimos años, como buen startup, hemos vivido en la montaña rusa que nos lleva de la felicidad máxima cada vez que vemos a nuestras egresadas despegar en sus carreras y a nuestro equipo hacer cosas increíbles, hasta la depresión absoluta cuando fallamos en conseguirles los mejores empleos o pensamos que nos quedaremos sin dinero a fin de mes. Hoy somos más de 80 personas en cuatro países (¡hasta dimos el salto a Brasil!), y tenemos más de 800 egresadas haciendo carrera como developers en empresas de talla global. Ellas han empezado a cambiar lo que significa ser programador en América Latina, y hoy inspiran a miles de mujeres más a seguir sus pasos. Somos proveedores de talento para más de 300 empresas, contribuyendo a que cada vez más mujeres sean creadoras de tecnología y parte de diseñar nuestro futuro como especie. Logramos conseguir aliados para financiar nuestro crecimiento, abrir nuevas líneas de negocio que nos dicen que hay luz al final del túnel, y formar un equipo y una cultura de trabajo de la que me siento orgullosa de ser parte.

Son cuatro años que parecen 20. A veces me canso y pienso cuánto tiempo más podremos darle a este ritmo. Me siento tan orgullosa de lo que hemos construido, y a la vez hay tanto que nos queda por hacer y mejorar. El otro día conversaba con un grupo de estudiantes que tenía tres días sin dormir para poder entregar un proyecto de código. “Mariana, hemos perdido la noción del tiempo. ¡Laboratoria es muy intenso!” Siempre les digo que estamos en las mismas. Felizmente, cuando paro por un momento y pienso que hace cuatro años y medio no había nada de lo que hoy somos, me doy cuenta de que, a pesar de los miles de retos, esta es la mejor forma que pudimos haber elegido de cambiar el mundo

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